Hace diez años, Sam Castañeda llegó a Medellín con una motivación sencilla: aprender español. No tenía un plan de vida trazado ni expectativas claras sobre la ciudad. Venía desde Estados Unidos, impulsado por una historia familiar marcada por la migración y por el deseo de conectar con sus raíces latinas. Lo que encontró fue algo distinto a lo que imaginaba: una ciudad verde, amable, diversa y profundamente humana.
Como muchos extranjeros, Sam llegó, se fue y volvió. Esta vez para quedarse. No por una promesa de rentabilidad rápida ni por la postal turística, sino por un vínculo que se fue tejiendo con la gente, la cultura y la historia del territorio. “La gente es lo más importante”, repite varias veces. Y no como una frase hecha, sino como una convicción que ha marcado su manera de habitar Medellín.
Desde esa experiencia, Sam decidió emprender un proyecto turístico con un enfoque poco común: poner a la comunidad local en el centro de la experiencia. No se trata solo de visitar lugares, sino de generar encuentros reales, conversaciones, comidas compartidas y vínculos que rompan la distancia entre quien llega y quien vive aquí. Para él, el turismo puede ser una herramienta para derribar prejuicios, cambiar narrativas y construir respeto mutuo.
Su mirada está atravesada por aprendizajes previos en procesos sociales en Estados Unidos, donde entendió que el miedo y el rechazo suelen disminuir cuando las personas se conocen. Por eso insiste en que quienes visitan Medellín no solo consuman la ciudad, sino que se relacionen con ella. Que entiendan que detrás de cada servicio, cada barrio y cada calle hay vidas complejas, historias y comunidades que merecen cuidado.
Sam no se asume como un espectador externo. Se reconoce como residente, como alguien que ha invertido tiempo, trabajo y recursos en la ciudad, y que también vive las tensiones actuales: el aumento de los arriendos, la presión del turismo y la transformación acelerada de los barrios. Su testimonio no evade esas dificultades, pero propone algo clave: la corresponsabilidad.
La historia de Sam recuerda que la relación entre Medellín y quienes llegan de otros países no tiene que ser necesariamente extractiva. También puede ser una relación basada en el respeto, el aprendizaje mutuo y el compromiso con el territorio. Porque cuidar la ciudad no depende solo de haber nacido en ella, sino de cómo se decide habitarla.

