Es tan aberrante la acción de quien llega a un país con la intención de vulnerar a niños, niñas y adolescentes, como la de quien convierte su captura en un trofeo mediático.
En Medellín, la política de “cero tolerancia” frente al turismo sexual y a personas con antecedentes relacionados con delitos contra menores es necesaria, urgente e incuestionable. La protección de la niñez no admite matices. Toda acción que atente contra su integridad debe ser prevenida, sancionada y rechazada con total contundencia.
Pero en medio de esa urgencia, surge una pregunta incómoda:
¿en qué momento la justicia empezó a parecerse tanto al espectáculo?
La política de cero tolerancia en Medellín
En los últimos meses hemos visto cómo, desde el aeropuerto, se retiene a personas identificadas por las autoridades y, posteriormente, sus rostros son expuestos públicamente, sin censura, como prueba de eficacia institucional. Las imágenes circulan en medios, redes sociales y comunicados oficiales, generando indignación —y, también, aprobación.
La sensación es clara: “se está haciendo algo”.
Pero hacer visible no siempre es lo mismo que transformar.
Lo que no se nombra: prevención y estigmatización
Hace unos días, en medio de una conversación que solo ocurre cuando hay confianza —y quizás un par de copas de más— alguien se atrevió a decir en voz alta lo que llevaba tiempo callando.
No diré quién es. Tampoco su edad. No importa.
Lo que importa es que, con miedo en la voz, me dijo que se sentía enfermo. No por algo que hubiera hecho, sino por algo que sentía.
Mi respuesta fue inmediata: buscar ayuda profesional. Porque hay conversaciones que deben darse en espacios seguros, con acompañamiento especializado, no en el silencio ni bajo el peso del juicio social.
Pero su respuesta fue aún más reveladora:
“¿Cómo se te ocurre? Yo no puedo hablar de eso con nadie”.
Esa frase no habla de una persona.
Habla de una sociedad.
Parte del problema es que hemos decidido no diferenciar. Todo se nombra igual, todo se condena desde el mismo lugar. Y en ese mismo paquete se pierde algo fundamental: no es lo mismo lo que debe ser atendido, que lo que debe ser sancionado.
Pero cuando todo se reduce al castigo, la prevención desaparece.
¿Justicia o espectáculo mediático?
Nada de esto minimiza la gravedad de cualquier acción contra niños, niñas y adolescentes. Todo lo contrario: la protección de la niñez exige que hablemos también de lo que ocurre antes del delito. De lo que no se nombra. De lo que se oculta. De lo que se teme decir.
Porque mientras convertimos la sanción en espectáculo, seguimos sin construir caminos claros para la prevención.
¿A quién le habla realmente la exposición pública de estos casos?
¿A quienes ya han cruzado la línea?
¿O a una sociedad que necesita sentir que el problema está afuera, encarnado en un “otro” fácilmente identificable?
El problema no siempre viene de afuera
El espectáculo tiene un efecto silencioso pero profundo: descarga la responsabilidad en el extraño, en el turista, en el que viene de afuera. Construye la idea de que el peligro es ajeno, lejano, importado.
Pero la realidad es mucho más incómoda.
El riesgo no siempre llega en un avión.
A veces ya está en casa.
En entornos cercanos.
En espacios donde debería existir confianza.
Prevención vs castigo: el verdadero debate
La indignación es necesaria, pero no suficiente.
El castigo es obligatorio, pero llega tarde.
Y la prevención —la verdadera prevención— sigue siendo la conversación más difícil de tener.
Quizás por eso preferimos mostrar rostros, antes que asumir responsabilidades.
Porque es más fácil exhibir culpables que preguntarnos por qué siguen existiendo.
Medellín no puede seguir cargando con la narrativa de ser un destino donde el cuerpo —y peor aún, la infancia— se convierte en mercancía. Pero esa transformación no se logra solo cerrando puertas en un aeropuerto, ni amplificando imágenes que generan impacto inmediato.
Se logra abriendo conversaciones que incomodan.
Fortaleciendo la educación sexual.
Creando entornos familiares seguros.
Detectando a tiempo.
Interviniendo antes.
Exhibir culpables no es prevenir.
Porque lo que no se puede nombrar, no se puede prevenir. Y mientras la justicia se convierte en espectáculo, la prevención seguirá siendo invisible.





