En Colombia hay palabras que pesan más que otras. No por su definición, sino por la intención o el contexto en el que se dicen. “Regalada” es una de ellas.
En muchos contextos, especialmente dentro del lenguaje popular dirigido a hombres homosexuales, llamar a alguien “regalada” es una forma de descalificarlo. Es tratarlo como alguien que perdió su dignidad, que se entregó, que se vendió o que dejó de tener valor propio.
Es una palabra que busca feminizar para humillar. Una de esas expresiones que nacen del machismo, pero que muchas veces también circulan dentro de nuestras propias comunidades diversas.
Por eso no deja de ser interesante que esa expresión haya aparecido en el debate político nacional. Cuando el economista Juan Daniel Oviedo fue anunciado como fórmula de una de las campañas presidenciales, le gritaron: ¡regalada!
La palabra no pasó desapercibida.
Porque detrás de ese comentario, además de una persona que integra la población diversa, hay algo más profundo que una pelea política.
Hay un reflejo de cómo funciona nuestra cultura: si alguien decide construir alianzas, dialogar con quienes piensan distinto o moverse dentro del espectro democrático, rápidamente aparece la sospecha, el insulto o la descalificación.
No importa si se trata de izquierda o de derecha. En Colombia seguimos teniendo dificultades para aceptar que en democracia las diferencias no solo existen, también se negocian. Y tal vez ahí está el punto más interesante de esta discusión.
Porque la democracia, en el fondo, es justamente eso: el derecho de cada persona a elegir.
Elegir por quién votar.
Elegir qué ideas defender.
Elegir con quién construir.
Incluso elegir caminos que a otros no les gusten.
La democracia no es un espacio de pureza ideológica.
Es un espacio de disputa, de acuerdos, de desacuerdos y de decisiones.
Por eso tal vez valga la pena preguntarnos algo antes de repetir ciertas palabras: ¿estamos criticando decisiones políticas legítimas o simplemente intentando descalificar a quien piensa distinto?
Porque cuando el debate público se reduce al insulto, todos perdemos.
Y cuando la diferencia se convierte en motivo de burla, la democracia también se empobrece.
La democracia —con todos sus defectos— sigue siendo el único sistema que nos permite algo fundamental: elegir lo que nos gusta y también defenderlo.



